Alcuino De York
Alcuino De York
El artículo
desarrolla el tema de las dignidades o facultades del alma en los escritos de
Alcuino de York. En la primera parte se establece el concepto de dignitates tal
y como es entendido y aplicado por el autor en sus tratados antropológicos.
Luego se analiza este concepto en tres de sus obras más importantes donde
aparecen las dignidades del intelecto, la memoria y la voluntad, estudiándose
en detalle la jerarquía, función y disposición de cada una de ellas según sea
el escrito en el cual aparecen.
El conocimiento
del alma y de sus medios operativos constituía para los medievales uno de los
modos más profundos del conocimiento de la psicología humana. Para ellos, el
objeto de la psicología era el alma y, de ese modo, estudiar el alma
significaba adentrarse en el conocimiento del hombre. Sin embargo, los medios a
su alcance para semejante empresa eran limitados pues se reducían
fundamentalmente a las obras patrísticas, en especial de San Agustín quien, en
varios de sus tratados, había escrito abundantemente sobre el tema. Alcuino de
York, maestro palatino en la corte de Carlomagno, desarrolla en su obra una
suerte de antropología a partir del estudio del alma y de lo que el denomina
sus dignidades, en clara dependencia del magisterio agustiniano, aunque es
posible encontrar algunos elementos doctrinales que llevan a pesar en una
cierta innovación y originalidad. En este trabajo buscaremos sistematizar de
entre la obra de Alcuino la noción de dignidades del alma: memoria, inteligencia
y voluntad, y las dependencias que se establecen entre ellas y, a la vez,
trataremos de encontrar las relaciones que puedan formularse con la obra de San
Agustín para identificar de ese modo los posibles aportes originales de
Alcuino. 1. Las dignitates El lenguaje que utiliza Alcuino y sus coetáneos en
materia antropológica es limitado y característico de una época en la que aún
no se conoce la obra de Aristóteles. Es por ello que es fundamental poner
especial cuidado en el análisis y comprensión de los conceptos utilizados. En
este caso, prestaremos especial atención al concepto de dignitates que utiliza
Alcuino para referirse a lo que, en siglos posteriores, se llamará facultades
del alma. Nuestro autor utiliza la palabra dignitates a lo largo de toda su
obra. La encontramos en una de las primeras, como la disputa de los niños, los
niños hablan, y en una de las últimas como el de la naturaleza del alma. Se
trata entonces de un concepto que Alcuino ha conservado durante toda su vida,
si bien las acepciones con las que lo utiliza son diversas. En singular
dignitas designa una cualidad destacable: “sabiduría, gracia y dignidad del
alma” (ALCUINO, De grammatica 267: PL 101, 852); en otro lugar se lee: “la
dignidad de su naturaleza” (del alma) (ALCUINO,De ratione animae III, ed. Curry
p. 45, 6-7), y también: “tal es la dignidad de la condición humana” (ALCUINO,
Disputatio puerorum II: PL 101, 1101). Este concepto indica un cierto brillo o
lustre en el alma lo cual la hace merecedora de un reconocimiento especial. Esta
idea de dignidad no queda reservada solamente a señalar una cualidad del alma,
sino que también se extiende al cuerpo social, y así: “Tres personas fueron las más altas del mundo... Sublimidad Apostólica...
Otra es la dignidad imperial y... La tercera es la dignidad real.” (ALCUINO, Epistolae 174). En términos generales, por tanto,
podemos identificar el concepto de dignitas de Alcuino con nuestro concepto de
“dignidad”. El texto más claro respecto a las dignitates del alma en todo el
corpus alcuiniano se encuentra en la Disputa de los niños:
"...así el alma del entendimiento, el alma de la voluntad, el alma de la
memoria, pero no tres almas en un cuerpo, sino un alma que tiene tres
dignidades. (ALCUINO, Disp. puer. II: PL 101, 1102). En
estas líneas se manifiesta cuáles son las tres facultades del alma: inteligencia,
voluntad y memoria, y se las llama dignitates. Se trata de una sola alma que
tiene tres “manifestaciones” diversas. Consideramos, por el momento, que el
término “manifestación” es el adecuado ya que no se trata de partes distintas
del alma sino más bien distintas operaciones de un mismo sujeto que no rompen
su unidad. Y son a estas manifestaciones diversas a las que Alcuino llama
“dignidades”. En una de sus obras tardías Alcuino habla de otras dos dignidades
del alma: “pero el alma ha sido glorificada por el creador en dos aspectos de
su naturaleza, a saber la eternidad y la bienaventuranza” (ALCUINO, De rat.
anim. V , ed. Curry p. 52, 13- 15). En este caso estamos ya fuera de la
analogía anterior y pareciera que nuestro autor utiliza el término dignitates
en un sentido diverso: no se trata ya de referirse a los “colaboradores” del
alma sino a cualidades con las que ésta ha sido ornada por el Creador. Por su
naturaleza misma el alma posee dos cualidades que le han sido otorgadas, graciosamente,
por Dios: la eternidad y la bienaventuranza.
Como ya ha sido
demostrado, el análisis detallado de otra posible terminología utilizada para
designar lo que en la escolástica posterior se denominó facultades del alma nos
permite concluir que Alcuino de York aplica a las mismas exclusivamente el
concepto dignidades. Las otras opciones posibles son: parte del alma, deberes
del alma, nombres, habilidad, virtudes, poder, fuerza.. (Cfr. PERETO RIVAS,
2002: 87-95). ¿Qué implicancia filosófica tiene este hecho, más allá de los
matices semánticos? Las implicancias son profundas ya que se trata de afirmar o
negar la distinción real de las facultades o dignidades con respecto al alma.
San Agustín niega que exista una distinción real, y considera que aquello que
los escolásticos llamarán facultades son la misma sustancia del alma. En
cambio, Aristóteles y Clemente de Alejandría sostienen que se trata de
potencias diversas del alma. Alcuino hace siempre suya la sentencia de no ir
más allá de los límites fijados por los Padres. Procuraremos analizar el
pensamiento del autor, deteniéndonos en cada una de las dignidades, para
comprobar si realmente ha permanecido en las fronteras patrísticas o si, en
cambio, ha establecido doctrina propia.
Porque hay en ella otra trinidad, que fue
fundada a imagen de su fundador, en verdad, la Trinidad perfecta y suprema, que
es en el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, la cual, aunque es de una
naturaleza, tiene sin embargo tres dignidades en sí mismo. entre ¿Qué
son éstos?. Es decir, entendimiento,
voluntad y memoria. Por eso también el Señor en el Evangelio:
Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda
tu mente, es decir, con todo tu entendimiento, y con toda tu voluntad, y con
toda tu memoria. entre ¿Por qué le convienen estas cosas?. Porque
como el Hijo es engendrado del Padre, así el Espíritu Santo procede del Padre y
del Hijo: así la voluntad es engendrada del entendimiento, y la memoria procede
de ambos. Y esto se puede entender fácilmente, porque sin estos tres el alma
no puede ser perfecta; ni ninguno de estos tres, en cuanto a su propia
felicidad se refiere, Sin los otros dos está completo. entre Todavía
quiero saber de ti sobre lo mismo. Y te lo diré como sé. Porque como
son Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, no son tres dioses, sino un
solo Dios que tiene tres personas; así el alma del entendimiento, el alma
de la voluntad, el alma de la memoria, pero no tres almas en un cuerpo, sino un
alma que tiene tres dignidades, y en estas tres nuestro hombre interior lleva
su imagen maravillosamente en su naturaleza;
A continuación, se remite Alcuino a la Escritura como
forma de probar lo que acaba de enunciar. Lo que ha dicho el Señor en el
Evangelio: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con
toda tu mente” (Mt. 22, 37), quiere decir con todo tu intelecto, con toda tu
voluntad y con toda tu memoria. En este párrafo se observa la siguiente
correspondencia: corazón = intelecto alma = voluntad mente = memoria
Continuando con el párrafo citado, presenta una prueba
teológica – psicológica: así como el Padre genera al Hijo, y del Padre y del
Hijo procede el Espíritu Santo, del mismo modo del intelecto es generada la
voluntad, y de ambos procede la memoria. Esta vez queda expuesta con claridad
la primacía de la inteligencia sobre la memoria, siendo ésta generada por
aquella, en concurso con la voluntad. Considera Alcuino que esta observación
resulta evidente para todos, y no sólo para los estudiosos, ya que es fácil de
entender que sin estas tres dignidades el alma no podrá ser perfecta. En este
caso se trata de una apelación al consenso popular y al sentido común a fin de
probar su posición que resulta contraria a la sostenida por San Agustín.
Finalmente, con una nueva argumentación, explica que a pesar de la diversidad
de dignidades, el alma continúa siendo una sola. Como Dios Padre, Dios Hijo y
Dios Espíritu Santo no son tres dioses sino un Dios con tres personas, así el
alma intelecto, el alma voluntad y la alma memoria no son tres almas en un
cuerpo, sino una sola alma con tres dignidades. “Engendrar,
engendrar y proceder, son ciertamente tres personas, pero una sola sustancia; como
el fuego, la blancura, el calor, tres nombres, pero una cosa: como la memoria,
COSTA, Richard da (coord.). Mirabilia 4 Jun-Dez 2005/ISSN 1676-5818 108
intelecto, voluntad, que se muestran por separado y funcionan inseparablemente. Si
esto se encuentra en las criaturas, ¿qué se debe entender de ti, el Creador?
El contexto en el cual escribe es, una vez más, una
explicación del misterio trinitario. Intenta hacer comprender a los lectores la
unidad sustancial de Dios y su existencia en tres personas para lo cual toma
como ejemplo el fuego y el alma humana. En el primer caso, aunque se trata de
una sola realidad, se utilizan tres nombres diversos: fuego, claridad y calor.
En el segundo caso, aunque la memoria, el intelecto y la voluntad pueden ser
demostrados separadamente, operan con una total inseparabilidad. Se trata de un
complejo de actos inseparablemente unidos. Observamos que aquí Alcuino sigue el
orden agustiniano. Sin embargo, se trata de un texto muy simple donde el
propósito no ha sido desarrollar una explicación acerca de la psicología
humana, sino simplemente una analogía del misterio de la Trinidad.
Veamos, pues, si podemos encontrar algo en
la criatura, donde podamos probar que unas tres cosas se muestran separadamente
y obran inseparablemente. ...como lo son la memoria, el entendimiento y la
voluntad. Porque por la memoria retenemos lo que oímos, por el intelecto
reconocemos lo que tenemos, por la voluntad pronunciamos lo que reconocemos:
pero aunque estos tres se nombran por separado, sin embargo, el nombre de uno
de estos tres funciona tres veces. No puede llamarse memoria solamente, a
menos que la voluntad, el entendimiento y la memoria estén activos. No se
puede decir que sea el intelecto solo, excepto por la memoria, la voluntad y el
entendimiento. No se puede decir que la voluntad esté sola, sino la
memoria de trabajo, el entendimiento y la voluntad. (ALCUINO, Conf. fid. III,
9: PL 101, 1059)
El objetivo de Alcuino al escribir este párrafo queda
expuesto en las primeras líneas del mismo: pretende demostrar la distinción de
las dignidades del alma pero, a la vez, su accionar conjunto e inseparable. El
orden que establece entre las mismas, en todos los casos, es el de San Agustín:
memoria, intelecto y voluntad. La novedad en este caso está en que asigna las
funciones de cada una de las dignidades: con la memoria retenemos lo que
escuchamos; con el intelecto conocemos lo que conservamos (en la memoria), y
con la voluntad mostramos (o ejecutamos) lo que conocemos. Y a continuación
reafirma fuertemente la unidad de acción de las tres dignidades. Esta secuencia
de actividades desarrolladas por el alma a través de sus dignidades guarda un
orden cronológico. En efecto, primero escuchamos y retenemos esa información en
la memoria; en segundo lugar conocemos.
Y por tanto hay un solo Dios, a quien
dividimos en la Santísima Trinidad de tal manera que decimos que en un solo hombre
tenemos inteligencia, memoria y entendimiento. Porque con el intelecto
descubrimos lo que hemos aprendido, retenemos de memoria lo que se nos enseña,
y con el intelecto prestamos atención a todo lo que vemos u oímos.
Qué vamos a hacer?" ¿No poseen estas
tres cosas una sola sabiduría en el hombre?. Sobre la naturaleza del alma: “Por
lo tanto, el alma tiene en su naturaleza, como hemos dicho, la imagen de la
Santísima Trinidad en que tiene inteligencia, voluntad y memoria. Porque
hay un alma que se llama mente, una vida y una sustancia que tiene estas tres
cosas en sí misma. Pero estos tres no son tres vidas sino una sola vida,
ni tres mentes, sino una sola mente: en consecuencia, por supuesto, no son tres
sustancias sino una sola sustancia” (ALCUINO, De rat. anim. III, ed. Curry p.
47, 4-20). Sobre la Trinidad: “Entonces estos tres: memoria, inteligencia,
voluntad. Pero estos tres no son tres vidas, sino una sola vida, ni tres
mentes, sino una sola mente: luego, por supuesto, no son tres sustancias, sino
una sola sustancia" (SAN AGUSTÍN, De la Trinidad X, 11, 18).
En cuanto a la razón del alma: “Pero lo
que se dice del alma o de la mente o de la vida o de la sustancia se dice de sí
misma; mientras que la memoria o la inteligencia o la voluntad se dice relativa
a algo” (ALCUINO, De rat. anim. III, ed. Curry p. 47, 11-14: PL 101, 641). Sobre
la Trinidad: “Porque la memoria, que se llama vida y espíritu y sustancia, se
dice de sí misma: pero lo que se llama memoria se dice de algo relativamente. Diría
esto también sobre la inteligencia y la voluntad: y se dice que la inteligencia
y la voluntad se refieren a algo. Pero la vida es cada uno para sí mismo y
la mente y la esencia" (SAN AGUSTÍN, De la Trinidad X, 11, 18).
De la naturaleza del
alma: y cualquier otra cosa que se diga de sí sola, aun al mismo tiempo no se
dice en plural, sino en singular: pero se dice que las tres están relacionadas
entre sí. Porque la memoria de alguien es memoria, y la inteligencia de
alguien es inteligencia de alguien, y la voluntad de alguien es voluntad de
alguien: y éstos están relacionados entre sí. Pero hay una cierta unidad
en estos tres: entiendo que entiendo, quiero y recuerdo; y quiero
comprender y recordar y querer: y quiero recordar que comprendo y querer y recordar. Y
así en cada individuo quedan plasmados (ALCUINO, De rat. anim. III, ed. Curry
p. 47, 16-20, 48, 1-6: PL 101, 641). De la Trinidad: y cualquier otra cosa
que se diga de sí misma individualmente, aun juntamente, no se dice en plural,
sino en singular. Ahora bien, las tres cosas son la una respecto de la
otra: las cuales, si no fueran iguales, no sólo estarían separadas para cada
una, sino también separadas para todas; ciertamente no se llevarían el uno
al otro. Porque no es sólo de cada individuo de quien se toma todo, sino también
de cada individuo. Porque recuerdo que tengo memoria, inteligencia y
voluntad; y entiendo que entiendo, y quiero, y recuerdo; y yo quiero
querer, y recordar, y entender, y recordar toda mi memoria, e inteligencia, y
voluntad al mismo tiempo. Porque lo que no recuerdo en mi memoria no está
en mi memoria. Pero no hay nada tanto en la memoria como la memoria misma. Así
que recuerdo todo el asunto. También, cuanto entiendo, sé que entiendo, y
sé que quiero lo que quiero: pero cuanto sé, lo recuerdo. Por eso recuerdo
todo mi entendimiento y toda mi voluntad. Del mismo modo, cuando entiendo
estas tres cosas, las entiendo todas a la vez» (SAN AGUSTÍN, De la Trinidad X,
11, 18). Porque recuerdo que tengo memoria, inteligencia y voluntad; y
entiendo que entiendo, y quiero, y recuerdo; y yo quiero querer, y
recordar, y entender, y recordar toda mi memoria, e inteligencia, y voluntad al
mismo tiempo. Porque lo que no recuerdo en mi memoria no está en mi
memoria. Pero no hay nada tanto en la memoria como la memoria misma. Así
que recuerdo todo el asunto. También, cuanto entiendo, sé que entiendo, y
sé que quiero lo que quiero: pero cuanto sé, lo recuerdo. Por eso recuerdo
todo mi entendimiento y toda mi voluntad. Del mismo modo, cuando entiendo
estas tres cosas, las entiendo todas a la vez» (SAN AGUSTÍN, De la Trinidad X,
11, 18). Porque recuerdo que tengo memoria, inteligencia y voluntad; y
entiendo que entiendo, y quiero, y recuerdo; y yo quiero querer, y
recordar, y entender, y recordar toda mi memoria, e inteligencia, y voluntad al
mismo tiempo. Porque lo que no recuerdo en mi memoria no está en mi
memoria. Pero no hay nada tanto en la memoria como la memoria misma. Así
que recuerdo todo el asunto. También, cuanto entiendo, sé que entiendo, y
sé que quiero lo que quiero: pero cuanto sé, lo recuerdo. Por eso recuerdo
todo mi entendimiento y toda mi voluntad. Del mismo modo, cuando entiendo
estas tres cosas, las entiendo todas a la vez» (SAN

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